Investigación canadiense muestra que la actividad física puede actuar como terapia complementaria contra el cáncer
Un seguimiento a largo plazo está mostrando cómo la actividad física puede aportar más de lo que se pensaba en el camino de recuperación del cáncer.
Un estudio presentado en la reunión anual de la Sociedad Estadounidense de Oncología Médica (ASCO), en Chicago, confirmó que la actividad física puede mejorar la supervivencia de pacientes con cáncer de colon tras los tratamientos habituales.
La investigación, desarrollada durante 17 años por el Grupo Canadiense de Ensayos en Cáncer, evaluó si el ejercicio puede funcionar como un componente terapéutico al nivel de la cirugía, la quimioterapia o la radioterapia.

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Lo que evidenció el ensayo clínico sobre actividad física
El ensayo Challenge siguió a 889 personas con cáncer de colon en estadios II y III. Todos recibieron cirugía y quimioterapia, pero solo la mitad participó en un programa estructurado de actividad física durante tres años; el resto obtuvo únicamente materiales educativos. El objetivo fue determinar si el ejercicio podía reducir el riesgo de muerte y aumentar la supervivencia a largo plazo.
Según los investigadores, el programa buscaba incrementar la actividad física aeróbica recreativa a través de caminatas rápidas de 45 a 60 minutos o trotes moderados de 25 a 30 minutos, tres o cuatro veces por semana. El grupo asignado a la intervención cumplió con las metas y las mantuvo durante todo el período de evaluación.
Los resultados tras ocho años mostraron diferencias notables:
- Supervivencia global del 90% en quienes realizaron actividad física supervisada.
- Supervivencia del 83% en quienes solo recibieron información educativa.
- Reducción del 37% en el riesgo de muerte entre los participantes que integraron ejercicio regular.

Para Kerry Courneya, coordinador del estudio y profesor de la Universidad de Alberta, la conclusión es clara: el ejercicio deja de ser una estrategia centrada únicamente en la calidad de vida y se incorpora como tratamiento complementario. Chris Booth, también coordinador, precisó que la actividad física no sustituye las intervenciones médicas convencionales, sino que se añade como parte del abordaje integral.
Implementación en los sistemas de salud
El programa de ejercicio fue guiado por fisioterapeutas o kinesiólogos, quienes adaptaron la actividad física a las condiciones de cada participante. Los investigadores dijeron que la supervisión profesional fue determinante para mantener la adherencia, especialmente en una etapa posterior a terapias intensivas como la quimioterapia.
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Uno de los testimonios incluidos por los organizadores del estudio señala que el acompañamiento especializado generó compromiso y permitió sostener los niveles de actividad física requeridos. La evidencia plantea, según los autores, la necesidad de integrar entrenadores o especialistas en ejercicio dentro de los equipos médicos para garantizar la continuidad del tratamiento.
Mikel Izquierdo, catedrático de la Universidad Pública de Navarra, afirmó que el estudio marca un antes y un después por ofrecer evidencia causal entre la actividad física y la supervivencia. Señaló que esta información es suficiente para modificar guías clínicas e incluir intervenciones basadas en ejercicio como parte estándar del tratamiento del cáncer.
Aunque advirtió que aplicar estos programas implica retos: deben personalizarse, ajustarse en intensidad y requerirán inversión en profesionales capacitados. También mencionó que el sistema sanitario necesita infraestructura para integrar esta forma de terapia, que algunos investigadores definen como una especie de “inmunoterapia metabólica”.

Lo que aporta el ensayo Challenge
Otros trabajos previos sugerían asociaciones entre la actividad física regular y mejores resultados en cánceres de colon, próstata o mama, pero sin demostrar causalidad. El ensayo Challenge aporta esa pieza faltante y propone un marco para integrar programas de ejercicio supervisados como parte oficial de los tratamientos oncológicos.
La aplicación masiva de estos protocolos dependerá de la capacidad de los sistemas de salud para ofrecer acompañamiento continuo, definir dosis adecuadas de actividad física y garantizar la inclusión de profesionales especializados. Para los investigadores, este paso será clave si se busca que la evidencia científica se traduzca en cambios reales en la atención y supervivencia de los pacientes.
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